Entre tanto frío que hace,
hay gotas de lluvia que le dan forma a la pequeña tempestad.
Yo, camino descalzo sobre las lozas manchadas de la cocina húmeda.
A su vez
en otra casa, otra persona con otro sexo,
rompe la armonía de las notas lluviales.
Acurrucada y con lagrimales de dolor,
toca su cuerpo,
examina su mente,
repasa su conciencia,
busca su alma,
y en cada rincón aparece la misma sombra agresiva que ataca con eterna parsimonia.
-El pasado ya murió-
se levanta y lo vuelve a pensar.
-Los muertos duelen mucho-.
Deja caer su espalda contra un muro.
-Dolerían menos si quisiera perdonarlos-.
Yo,
arranco las hojas de ese cuaderno viejo y pretendo escuchar.
Ella,
camina hacia la ventana,
yo,
hago lo mismo.
Piensa que la lluvia es triste;
yo creo que está furiosa.
Ella,
saca una hoja con membrete y pretende hablar.
-El pasado murió-.
Toco el vidrio.
-Los muertos no me importan-.
Desboso una sonrisa .
-Ya están perdonados-.
-Quiere volar-.
Hice una pajarita de papel.
-Quiere volar-.
Hizo un avión de papel.
Ella,
olvida el rincón y ocupa la cama.
Yo,
seco la cocina y limpio las manchas.
Al final...
escampa.
Jonathan Andrés Sandoval Amaya