domingo, 24 de enero de 2010

DIANA

Diana,

pulpa del fruto prohibido,

néctar bendecido por Dios,

mirada perpetua,

belleza inconmensurable,

camino plagado por luciérnagas,

cabellos bañados por mares infestados de delfines,

los que saludan a la aurora declinada ante tí.

Tus labios de dulce cicuta

catan mi lengua,

rozan mis dientes,

segan mis ojos,

empiezan

terminan

entumecen mis músculos.

Diana,

si te vas ahora

no te detendré,

lloraré,

seguiré respirando

mis venas estarán intactas,

me dolerá el pecho,

me temblarán las piernas,

te dejaré partir.

Lo siento.

Aún no se que hacer en momentos decisivos.

Tal vez por eso

callo que Diana no es veneno para mí,

que la muerte no existe.

Contigo,

es un cambio de estación.

Jonathan Andrés Sandoval Amaya

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