Diana,
pulpa del fruto prohibido,
néctar bendecido por Dios,
mirada perpetua,
belleza inconmensurable,
camino plagado por luciérnagas,
cabellos bañados por mares infestados de delfines,
los que saludan a la aurora declinada ante tí.
Tus labios de dulce cicuta
catan mi lengua,
rozan mis dientes,
segan mis ojos,
empiezan
terminan
entumecen mis músculos.
Diana,
si te vas ahora
no te detendré,
lloraré,
seguiré respirando
mis venas estarán intactas,
me dolerá el pecho,
me temblarán las piernas,
te dejaré partir.
Lo siento.
Aún no se que hacer en momentos decisivos.
Tal vez por eso
callo que Diana no es veneno para mí,
que la muerte no existe.
Contigo,
es un cambio de estación.
Jonathan Andrés Sandoval Amaya
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