“A la mujer de siempre”
Esta noche,
me quemará el sudor de tu ausencia en la almohada;
pero no creas que esta cama
es un socavón vacío.
Es una mansión de caña
colgando de la cima del cielo.
Si duermo sobre mi brazo izquierdo,
veré un muro en obra negra,
una ventana
sin vidrio de cristal.
Mas al dormir sobre mi brazo derecho,
vislumbraré una isla de Zué y Chía,
la tierra de una diosa
y un perro blanco que retoza en su vera.
Esta vista
me roba el ensueño
la respiración
y cualquier noción de tiempo,
cuando en la robusta noche,
y en la ligera mañana,
esa mujer deificada
vuela a mi mansión de caña,
con la clara intención
que este morador
juegue con sus cabellos,
hunda sus dedos
entre la suave y abundante hierba
retire el arenal
de su cuello y espalda,
labre sobre sus montañas ya sembradas,
a las que el tiempo
exige labrado nuevo.
Después de morir un poco
beber sus aguas dulces,
también las saladas,
este ermitaño
vuelve a morir.
Ella regresa a su isla,
se llena de arena,
y desde este cielo,
observo la tierra de “mitos”...
ese mundo que huele
y promete con voz de mujer.
La misma
que rompe el tiempo por primera vez,
vence al amor
y vuelve a amar otra vez.
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