Bendita sea la pobreza,
La que me enseñó a jugar trompo en la plazoleta de un parque libre.
Loada sea la tragedia ,
de la que aprendía a bañarme en tierra
y me permitió atrapar cucarrones voladores a las seis.
Que linda fue la infancia
permisiva
caprichosa
que no obedecía castigos
que evadía la tarea.
Llenas de gloria
las tardes de almuerzo
en las que el fútbol era el único alimento.
Bendita época,
que yace intacta en mis recuerdos,
que se burla de mi horario
y reclama su tiempo.
Jonathan Andrés Sandoval Amaya
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