La tinta del vaso estaba seca,
las hojas seguían vacías,
no había poemas
ni citas de libros,
ni cuentos,
ni sentimientos encontrados.
Nada,
que diera rastro alguno de humanidad.
Sólo el papel,
limpio,
sin arrugas de maltrato,
orgulloso de pureza;
mas melancólico por su frialdad.
Sobre esa carta sin título,
estaba todo lo que necesitaba saber,
el odio tan denso
que no encontraba palabras de desahogo,
ni alusión a lo que a mi ser correspondía.
La tristeza
tan triste
calló las letras que se escondieron en el clamor.
Toda esa muerte en vida,
estaba ahí,
diciendo que huiría
del calabozo en que se encontraba presa.
Pero también había alegría,
una tan grande
que no encontraba palabras
para decir,
cuan feliz estaba
tras haber huido de mí.
Y al haber escuchado su queja,
arrugué su voz...
como tantas veces,
cuando la carta estaba llena.
Jonathan Andrés Sandoval Amaya.
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